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04 marzo 2010

Caos

Imagen copiada de aquí.


Y mira que me lo habrá dicho mi madre, pero nada, yo a la mía. Si es que no tengo remedio. Y mírame ahora, en medio de la nada, con un zapato y llorando como una tonta.

Como si no supiera que yo con los chupitos no puedo. Y uno detrás de otro, y “venga guapa, uno más” y como resistirme a esa sonrisa tan encantadora.

La verdad, la noche empezó bien, bueno como todas. Discusión con mamá por la hora, discusión con papá por las pintas, mi hermano que si parezco una puta, mi hermana que cualquier noche de estas voy a tener un problema y el consabido portazo después del grito de guerra “¡¿Queréis dejarme en paz?!”.

En el parque ya estaban todos, algunas botellas y algún peta. Risas, caladas, tragos. Todo bien, ya digo.

Y luego donde siempre, unos cubalitros, unos duritos, una visita al Joe de siempre. El material estaba bueno, no era una pasada pero estaba bien. Si a las seis hay que estar en casa, con una rula y medio gramillo para cada uno teníamos bastante. Claro que yo no contaba con una voz de caramelo y una sonrisa de cuento.

Cuando llegamos a la discoteca ya eran las tres, así que antes de entrar nos hicimos unas rayas, terminamos el spit y entramos. Un cubatilla y media pasti me dieron el punto perfecto, elegí mi pódium, ya lo decía la Woolf, nada como un espacio propio. Y de pronto ahí estaba esa sonrisa, en esa cara y ese cuerpo.

Y después de las miradas vinieron las palabras y después los chupitos, luego los trocitos puestos en mi lengua, con sus dedos primero y con su boca después.

La música envolviéndonos como una manta, sus manos en mi cintura, las miradas de los otros clavadas en mi nuca, las luces en mis ojos, el mundo entero girando a mí alrededor como satélite danzando, solo música, solo luces, solo caos.

No sé cómo he aparecido en medio de esta carretera. Voy descalza y llevo un solo zapato en la mano. Mis medias están rotas. No llevo bragas. Noto calor resbalando por mis muslos y un dolor inmenso pero no recuerdo nada. Los coches me pitan cuando pasan a mi lado y yo solo puedo llorar.
Ni siquiera sé porque lloro.

19 octubre 2008

Carajillo




Entra con paso firme, recorre el pasillo formado entre la barra y las mesas y descuelga el teléfono.

Termina la conversación colgando de golpe el auricular y gritando, ¡Puta!

Se me ponen los pelos de punta. Los recuerdos me golpean.

Me pide un carajillo.
- ¿De qué va a ser?
- Ponme Cutty.

Comienza a hablar con un par de clientas, explicándoles lo puta que es su novia, con lo que él ha hecho por ella, con los viajes que le ha regalado, con la casa que le ha montado…

Las chicas le siguen a corriente.

Yo no puedo hablar con él. Lo echaría, pero no encuentro el valor. En las comisuras de los labios boqueras blancas, las pupilas dilatadas, hablar nervioso y gesticulando. Sé lo que significa. Noche de coca y alcohol. Este me la monta, así que mejor desaparecer del mapa.

Corto el limón, pongo en marcha el molinillo del café, caliento la leche, hablo con Clau, cualquier cosa menos mirarlo, evitar cualquier conversación con él.

Las chicas pagan y se van.

Vuelve al teléfono, esta vez no hay conversación, así que un ¡Puta! Y sale disparado del local.

Presiento que para una mujer hoy va a ser un mal día. Presiento gritos, reproches, empujones y espero que ninguna mano golpeando una cara.



El cabrón no me ha pagado el carajillo.

24 junio 2008

Buscando



Caminaba.
Las gotas de sudor resbalaban por su frente, con un ademan las retiro un instante antes de que le entraran en los ojos. Con la mirada al frente, fijos los ojos en las lejanas colinas cubiertas de nieve. Llevaba andando desde el amanecer y las colinas seguían estando a la misma distancia. Esto no va a ser fácil, se dijo. Se volvió y miró sus huellas medio borradas ya.

La nieve no cesaba de caer, el sudor no dejaba de manar y su destino, igual de lejos que ayer.

Hizo un alto bajo un enorme abeto que le protegiera de la nieve. Se quito la mochila y, tras hurgar un momento, sacó la bolsa de la comida. Despacio, masticando cada bocado como si fuera el más sabroso del mundo, pensó en lo absurdo de su misión.

Llevaba más de una semana andando sobre y bajo la nieve. No había llegado a ningún sitio. No se había encontrado con nadie, las colinas seguían estando igual de lejos, la comida se acababa y ni siquiera había visto huellas de animales, por no hablar de un resquicio de vegetación.

El desaliento le atenazaba el alma. Empezaba a olvidar el motivo de su viaje. Empezaba a olvidar de donde venía, adonde iba, quien era.

Se levantó y empezó a andar de nuevo. Seguir. Lo único que podía hacer era seguir adelante.
La blancura de la nieve le deslumbraba, entrecerró los ojos, bajó la cabeza y, luchando contra el viento siguió andando. Remolinos de nieve se formaban a sus pies, el frío se colaba por las aberturas de la ropa. Siguió y siguió, siempre adelante, un paso y otro más, siempre adelante.

Los días sucedían a las noches y estas a los días. La comida se terminó tiempo atrás. Se había echado sobre los hombros la manta de dormir que guardaba en la mochila y abandonado esta en el camino. Con la cabeza gacha seguía el movimiento de sus pies sin sentirlos. La mente vacía de sentidos y pensamientos, excepto en un rincón oscuro de su cabeza donde una frase resonaba como un lejano eco. Debes encontrarte.

La mañana del último día, cuando comenzó a andar, un rayo de sol se había conseguido colar entre las nubes. Las montañas estaban al alcance de las manos. Cerca del mediodía alcanzó la falda de la primera, al final de la tarde coronó su cenit. La cueva seguía allí. Aun se podían apreciar, en su interior, los restos de fogatas consumidas ni sabía el tiempo que hacía.
Se dejó caer en el suelo, se arrebujó en la manta y dejó que la paz inundara su cuerpo y su mente. Había encontrado su antiguo hogar. Se había encontrado.
Ya podía morir en paz.

25 abril 2008

Todo pasa

Ilustración: Mujer Ante El Espejo
(Patricio Esteve García)



Como hojas secas otoñales caen los años sobre los hombros.

Mírate en el espejo, tienes una cana más, una arruga más, diez quilos más.

Y tanta sabiduría acumulada que no te ha servido de nada.

Cuando paseas por la soledad de la casa los espejos te devuelven la imagen de una extraña.

Sucio reflejo de un pasado que pudo ser y no fue.

Te sientas en el borde de esa cama antaño compartida y ahora vacía.

Te miras en el espejo, testigo de tantas y tantas noches de pasión.

El mismo que te mostró la soledad aquella tarde.

El mismo que reflejó el último golpe. La ultima humillación. La cruel despedida que le brindaste.

Cuando le miraste a los ojos con la locura pintada en la mirada.

Cuando con una sola frase desapareció de tu mundo.

“Vete. Ahora. Para mi va a ser muy fácil esperar a que el alcohol te duerma y dejar que mi mano clave el cuchillo.”



Barricada y su "obsesión"



No. De esta noche no pasa
Mucho tiempo bajo su mano aguantando como un trapo usado
trozo de carne que se va pudriendo, mas pequeña que un escarabajo
en la cama sabrás aguantar humillada debajo
y luego los críos también de la misma manera tratados
En tus manos un cuchillo, años duros
Plan siniestro en el humo que te sale del cigarro
muy tranquila en la seguridad que da la venganza lenta
en la sombra esperas el momento de saltar
ya no hay prisa por acabar lo que tanto has deseado
En tus manos un cuchillo, decidida a terminar
En la silla sentado, borracho está como siempre
un buen golpe en el corazón y ojalá nunca despierte
En tus manos (obsesión) un cuchillo (obsesión)
años duros (obsesión) a su lado (obsesión)

07 abril 2008

No pasa nada...


El cielo acerado cubre la gris ciudad. El polvo cubre los muebles. Un pañuelo sus ojos.

Sabe que no está pero lo siente.

Siente su mano en la espalda y siente su aliento en el oído, “No te preocupes, no pasa nada, ya verás como se soluciona.”

Pero difícilmente se va a solucionar.

Esta mañana ha visto como el feretro bajaba, como la tierra cubría el hueco.

La enfermedad llegó y se lo llevó. Y no hay nada que pueda cambiar eso.

Besos y abrazos, sentidos pesames y lo siento han llenado lo que quedaba de mañana.

Cuando, sola al fin, abría la puerta de casa, una brisa salió a saludarla. Y un ladrido.

El perro. ¿Qué coño va a hacer ahora con el perro?
Sabe que no la quiere, su dueño era él y solo a él obedece. Quizá sea mejor darlo, o sacrificarlo, o yo que sé. No. Sacrificarlo no, con una muerte ya ha habido suficiente.

Miralo, tumbado bajo el resquicio de sol que se cuela por la ventana, indiferente a su ausencia, indifirente a su presencia.

Entorna los ojos y la mira, por un momento sus ojos brillan y, después, con un aullido, se apagan. Gime por lo bajo sin dejar de mirarla. Se sabe solo, ignorado, abandonado y gime por ello.

Ella se levanta. Se sienta en el suelo, a su lado, le coje la cabeza y se la apoya en las piernas. Mientras la acaricia una letanía sale de sus labios…
“No te preocupes, no pasa nada, ya veras como todo se soluciona, no te preocupes, no pasa nada…”

01 abril 2008

¡Mierda!


En el silencio de la noche se oyó un sollozo.

Abrió los ojos incrédula. No podía ser. Estaba sola en aquella casa.

Cerró los ojos, se tapo hasta los ojos con el edredón e intentó volver a conciliar el sueño.

De pronto, el silencio volvió a romperse, sonaba el teléfono.

Se levantó mascullando algo, acordándose de la madre de alguien. Entró en el comedor, ¡Mierda! Acababa de clavarse la esquina de la mesita. Hasta las narices de la casa, aun nueva, aun por conocer, descolgó el teléfono. Silencio. “Diga”. Silencio.
Mascullando volvió al cuarto, se metió en la cama, se tapó hasta los ojos, intentó…

Pop, pop, pop… ¿desde cuándo había un grifo que goteaba?

Volvió a levantarse, pero, esta vez, el dolor de la espinilla le recordó que encendiera la luz.
Fue al baño, pero no era de ahí, fue a la cocina y tampoco. ¡Mierda! ¿Qué coño estaba pasando?
Volvió al baño, abrió el armarito y se hizo un par de bolitas con el algodón. Se las metió en las orejas.

Volvió al cuarto, se metió en la cama, se tapó hasta los ojos, intentó conciliar el sueño. Empezó a caer, la mente en blanco, más profundo, más oscuro…
Una mano se posó en su cintura y empezó a bajar. Se estremeció entre las sabanas. La mano siguió bajando, se adentró entre las piernas que, dentro del sueño, ella abrió.

Abrió los ojos como platos. ¡Joder! Mierda de noche. Empezó a asustarse, se quito los algodones y volvió a oír un sollozo.

Definitivamente, esa noche no iba a poder dormir. Encendió la luz y alargo la mano hacía el tabaco. ¿Dónde estaba el tabaco?
La mesita vacía, ni el tabaco, ni el mechero, ni el libro del que había leído un trozo antes de intentar dormirse.

“¡Mierda de noche, mierda de casa, mierda de cambios!
¿Me estaré volviendo loca?”

24 febrero 2008

Soledad quinta

Imagen sacada de aquí

Como un cuadro colgado en la pared para rellenar el hueco. Así se siente ella. Con una losa como corazón y un vacio por cabeza.


Y camina por calles vacías que le recuerdan su soledad.


Trabaja en una oficina llena de gente a la que no le importa si va o no. Tan prescindible como las sillas que hay tras su mesa, en las que nunca se sienta nadie.


Vive en una casa llena de marido y chicos, llena de vacío.


Una casa en la que la extraña es ella.


Una casa que se mantiene gracias a la asistenta. Una casa demasiado grande, pero no lo suficiente como para no cruzarse con sombras por los pasillos.


Las tardes de los viernes se las coge para ella. Como si las demás tardes fueran de otro…


Últimamente se ve con un tipo que, a pesar de que no le llena el vacío de su alma, le llena las horas con alcohol y conversación. Con caricias que no siente. Con sexo sin influencia.


Vuelve a su triste vida igual de vacía, pero con la marca de su culpabilidad grabada en la frente.


Cuando da el beso de judas a su partenaire, siente el amargor subir por la garganta, llenarle la boca y la mente, expandirse por su cuerpo.


Triste vida vacía e inocua.


Triste soledad que vino para quedarse y no abandonarla jamás.


El último de la fila; "Lápiz, tinta"

20 febrero 2008

Desolación

Poblada soledad;
oleo de Alberto Pancorbo;
sacado de aquí


Poco a poco fue despertando y lo primero que vio fue su rostro, que lo miraba dentro del marco, encima de la cómoda.

Abrió de pronto los ojos y la llamó. Gritó y solo obtuvo el silencio por respuesta. Clamó, lloró, desesperó, pero nadie había para consolarle.

En ese estado de sobrecogimiento por fin se dio cuenta.

Jamás la volvería a ver.

Nunca volvería a estrecharla entre sus brazos, a susurrarle al oído, a besar sus labios.

El gran silencio lo rodeó, llenándolo de desesperanza.

Dentro de su gran estupor salió de la casa y caminó.

Entro en un bar y luego en otro y otro más.

Deambuló por avenidas y calles, por callejones de mala muerte, sin rumbo fijo, deteniéndose en antros cada vez más miserables, pero no más que su propia existencia.

Empezó a llover. La lluvia empezó a empaparle y descubrió otro antro acorde a su miserable vida.

Con una copa dentro y otra mediada enfrente de él, empezó a salir del estupor que le había embriagado desde que se despertó aquella mañana.
Ahora tenía que pensar que iba a hacer. Pagó, cogió un taxi y le dio su dirección al taxista.

Entro en la casa. Leyó la nota en que ella le decía que volvería a por sus cosas.
Se dirigió al escritorio, abrió el cajón y, con un solo movimiento de dedo, termino con todo.


Cuando ella llego a la casa, cargada con cajas donde guardar sus cosas, la mancha de sangre ya llegaba hasta el pasillo.

17 febrero 2008

De princesas y hadas (parte I)



Érase una vez una Kris que se iba a casar.
Puede parecer fácil, quizá para ti y para mí lo sería, pero para ella no.
Te lo contaré y así lo entenderás.

Había una vez, hace muchos, muchos años una princesita que se llamaba Cristina. Nació en un castillo de un pueblo que está muy, muy lejos. Los reyes de aquel castillo, sus papás, tenían una serie de creencias religiosas, testigos de Jehová se llamaban.

Al principio, cuando la princesita aún era un bebé, su mamá siempre la vestía de rosa, con lazos y vestidos de organdí. Cuando la princesita creció, cada vez que volvía del cole, traía una coleta deshecha, un lazo roto, el vestido manchado de barro, y su mamá se cogía unos disgustos de muerte.

Creció y creció, hasta hacerse una grácil muchachita, y, como todas las jóvenes doncellas del reino, le llegó la hora de prometerse en matrimonio.

La ceremonia fue largamente recordada por todos, totalmente convencional, con su vestido blanco, su ramo y las lagrimas al oír el himno nupcial.

La noche de bodas también fue como díos manda, desvirgada sin pudor por un príncipe con la delicadeza en el dedo gordo del pie.

La princesita fue a vivir con su príncipe, pero ni fue feliz ni comió perdiz.

El príncipe, una vez pasado el encantamiento de la boda, se convirtió en un ogro, que la vejaba y maltrataba, haciendo caso omiso de su condición de princesa.

Pasaron los años, demasiados para mi gusto, demasiados para la princesa y muy pocos para su consorte y familia.

La princesita cada vez estaba más triste, lloraba y lloraba y nadie la consolaba.
Hasta que un día apareció un hada madrina:
- ¿Qué te pasa princesita que estás tan triste?
- Me pasa que ni soy feliz ni como perdiz… que mi príncipe se convirtió en rana y yo he pasado de princesa a cenicienta y ahora no se como salir de este lío.

El hada madrina pensó y pensó y se le ocurrió una idea:
- Vas a hacer una cosa, abandona esa casa donde no eres feliz y vente conmigo, en mi casa no hay perdiz, pero podrás reír y reír.
Solo hay una condición… deberás dejar atrás tus miedos, tus lastres y empezar a ser tu misma… deberás volver a construir tu personalidad destruida durante estos años.

La pequeña Cristina lo pensó, le dio vueltas y vueltas y llegó a la conclusión de que era lo más conveniente, dejó atrás todo lo convencional, que a ella no le convenía para nada y se convirtió en una nueva mujer, ya no quería ser princesa, ahora sería simplemente Kris.
Se fue a vivir con su hada madrina, que por cierto se llamaba Clau, y, a pesar de que no comió perdiz, comió arroz y lentejas, y ensalada y carne y pescado, y pastelitos de crema.

Los reyes, sus papás, cuando se enteraron de la noticia se echaron las manos a la cabeza, no podían entender que su princesita hubiera colgado la corona y el decoro y hubiera abandonado al príncipe por un hada madrina.

Cuando ella les explicaba que el príncipe no era tal sino ogro disfrazado, ellos le contestaban pesarosos que los consortes deben ser para toda la vida, que ellos tienen potestad para hacer y deshacer y que su señor Jesucristo no aceptaba las desuniones y muchísimo menos convivencias y quien sabe que más con hadas madrinas.
Tanto discutieron que Kris los dejó por imposible.

Tanto que los reyes decidieron que, aquella que un día fuera su princesa se había convertido en nada para ellos.
Se levantó un muro tan alto entre ellos que debieron de pasar años y años antes de que el tiempo empezara a erosionarlo.






... Lo sé, lo sé, prometí seguir... en ello estoy...

13 febrero 2008

El escritor


Metió el papel en la máquina, al girar el rodillo y recolocar el papel pensó en el sexo. Es curioso como a veces uno hace relaciones, a veces absurdas. Pero así, absurdamente, recordó el cuerpo de Anne, cuando, desnuda, se tendía en la cama entre sus sabanas revueltas. Su piel pálida se le asemejaba, en este momento, folio en blanco tendido. Sus dedos, prestos a marcar una tras otra, las oscuras teclas de su cuerpo.


Encendió un pitillo pero no le supo a nada, lo apagó a la tercera calada. Acercó el cuenco y, con la maestría que da la labor mil veces hecha, deshizo otro pitillo. Cogió la piedra y acercando el mechero calentó un pellizco que mezclo con las hebras de tabaco.


Aspiro profundamente, abrió la mente y dejó que las imágenes le llenaran.
Comenzó a escribir.


En alguna ocasión, un colega le había dicho, muy serio él y con cara de circunstancia, que el buen escritor no necesitaba de inspiración, que escribir era como otro trabajo. Uno, después de desayunar, se sentaba y escribía. Comía y después de la siesta obligatoria, volvía a escribir. Cuando ya tenía una cantidad considerable de folios llenos había que cribar lo escrito, hasta quedarse con lo verdaderamente importante. Y de ahí sacar el hilo de la historia.


Él acostumbraba a comenzar con una frase. Inventada o copiada. En esta ocasión empezó con la célebre frase de Karen Blixen, "Yo tenía una granja en África, a los pies de las colinas del Ngong", se echo a reír.


“Quizá podía empezar con algo similar pero diferente. Probemos;
…Yo tenía una habitación pintada de rojo, con mecedora y mantita… No me gusta.
…Yo tenía un amor civilizado, con velitas y escena en el sofá… Esto creo que me suena de un tal Sabina. “

Volvió a reír, el día estaba siendo, si no fructífero en cuanto escritura, si divertido por lo menos.


De pronto, como siempre le ocurría, los dedos empezaron a teclear como movidos por un resorte. Las letras se clavaban en el papel como picaduras, llenándolo de caracteres, de fuentes. Cambio un folio por otro, sin recordar a Anne. Luego otro y otro más. Los dedos volaban, las imágenes se sucedían, los folios eran cambiados a un ritmo vertiginoso, acumulándose en un montón desordenado al lado de la máquina.

Escribía sobre el mundo, sobre las personas, sobre sí mismo.

Se convirtió, en esos momentos en “el escritor que se escribe a sí mismo”, se escribió y se escribió, hasta tal punto, que desapareció tras el último folio, en su última vuelta de rodillo.

Erase una vez


Erase una vez una niña. Erase una protagonista de historias. Erase una tonta cualquiera. Erase que se era una mujer que no tenía nada claro.


Cuando se indignaba escribía. Cuando se indignaba se ponía a toda ostia a los Reincidentes. Su “ni un paso atrás” fue casi un himno. Su “Carmen” casi un manifiesto. Y se indignaba a menudo, como pueden constatar sus vecinos. Pacientes victimas del volumen de sus canciones.

La gente le contaba cosas, ella, como buena tonta se implicaba hasta hacer los problemas de los demás suyos y buscar soluciones. Como buena tonta también, creía en las personas por encima de los dioses. Como una tonta cualquiera daba consejos que no eran escuchados por nadie. Tampoco es que fueran dichos para seguirlos, así que no importaba mucho.


La protagonista de esta historia tenía un lio por vida. Con miles de cosas comenzadas y casi ninguna acabada. Tenía una musa vaga que trabajaba sobre todo por las noches, cuando el calor de la cama impedía a la protagonista escribir ni una palabra. Palabras olvidadas a la mañana.


Esta mujer tenía un diario lleno de historias, en cada una de ellas dejaba un trocito de sí misma. Nunca terminaba de vaciarse, aunque ese era el fin del diario. Nunca fue demasiado benévola con sus propias historias, ni las imaginadas ni las vividas, por más que agregara elementos que ella consideraba literarios. Claro que el diario era personal. Tampoco es que fuera nada transcendente.


En algún tiempo fue niña, niña que no acababa de abandonar, más porque no quería que por no poder. La niña que a veces era lloraba con frecuencia. Le gustaba sentir las lagrimas mojar su mejilla. Con un punto masoquista, como todas las niñas, le gustaba regodearse en sus tristezas para mojar sus ojos. Aunque nadie secara sus lágrimas.


La persona que describo, la niña, la mujer, la protagonista, esta tonta cualquiera está hasta las tetas de mentiras y engaños, de palabras vacías que no significan nada. Está hasta los flinflins de oír, leer y saber de historias que solo consiguen traerle malos recuerdos, de esas que inevitablemente le hacen llorar.

Cada uno se labra su propio destino y ella tiene el suyo lleno de piedras.

Le toca ponerse el sombrero de ala ancha y trabajar.


A la sombra de mi sombra

Extrechinato y tú




07 febrero 2008

¿Quién me mandaría a mí?


Alicia pasó a través del espejo.
No encontró el mundo al revés que se esperaba.
No encontró su imagen inversa.
Ni reversa.
Su imagen brillaba por su ausencia.
El gato de Cheshire se había quedado al otro lado.
Caminó por ese mundo sin sombras, sin camino y sin prisas.
Encontró a la oruga, subida a su amanita.
El arguilé apagado.
- ¿No fumas?
- Es que solo no me sienta muy bien.
- Toma alíñalo.*
Sacó de su azul vestido la china y la ofreció a aquella oruga, que, agradecida, decidió cambiar el agua por güisqui.
Ofreciéndole una boquilla, preguntó:
- ¿Tienes hambre niña?
- No soy tan niña.
- ¿Un trozo pues?
- Por favor.
Al volver del viaje, Alicia tenía la boca seca, los ojos rojos y una nebulosa por cabeza. Recordó, vagamente, una historia de crecidas y menguadas, recordó un conejo (lo que la desconcertó, igual hubiera sido mejor recordar una lombriz). Creyó recordar una caída al vacío y una planta de verdes hojas dentadas. Recordó una gran seta. Recordó el rojo y el blanco.
Pensó que, la próxima vez que su hermana le dijera que lo que había en la cajita, debajo del colchón, no se tocaba, le haría caso.

* Extremoduro, "Golfa"

08 enero 2008

Luces en la noche


Y al caer la noche, los faros alumbraban el camino. Delante, dos rojos ojos, como de gato, me miraban fijamente, sin pestañear. Por el espejo vi que también por detrás me seguían. Amarillos, fijos en mí espejo. Al mirar por la ventanilla, hacía mi derecha, encontré otros ojos, ojos amarillos que fugazmente se cruzaban en mi camino.
¿Qué clase de animales poblaban esta selva de asfalto?
No podía saberlo, solo distinguía sus ojos.
Me recorrió un escalofrío. Empecé a temblar.
¿Sería posible…?
No, estaba segura aquí dentro.
O al menos eso creía yo, cuando de pronto…



- ¿Cariño? ¿Estás dormida?
- Mmmm…
- ¿Tienes frío? ¿Quieres que suba la calefacción?
- Mmmm…
- Ya estamos llegando… No veas que coñazo de coche, tengo el culo pegado al asiento…

07 noviembre 2007

Prisa


Tic, tac, tic, tac, suena el reloj al ritmo de mi corazón,
Tic, tac, tic, tac, suena el ritmo de mi respiración,
Tic, tac, tic, tac… horas muertas y al final,
Lenta carrera y nada más.


-- No llego, hoy no llego… como no me de prisa no me da tiempo.
-- Pero si vas sobrada, hoy es más pronto que ayer.
-- Si pero ayer llegue tarde y hoy, veo que tampoco llego.
-- Pero si ya estas vestida.
-- Si, pero tengo aún que peinarme, tengo que pintarme, tengo que salir, tengo que llegar.
-- Pero, ¿Dónde vas?
-- Al mismo sitio que ayer.
-- Pero, si ya has ido… ¿Por qué volver?
-- Por que ayer llegue tarde y hoy, veo que tampoco llegaré.
-- Y ¿Qué es lo que tienes que hacer en ese sitio?
-- Pues no te lo estoy diciendo… ¡Llegar!

25 octubre 2007

Mojándome los zapatos


Llueve.
La ciudad mojada se abre a mis pies.
El plomo del cielo se cierne sobre mi cabeza.
Frías gotas empapan mi pelo, mi cara, mi ser.
Y si, los árboles se ven más verdes, las flores por abrir, la hierba cruje cuando la pisas… mi alma también.
Negros charcos cruzan mi camino, mi cabeza.
Tú decías que el agua limpiaba el smog.
Yo te decía que de todas formas no me gustaba la lluvia.
Y así pasábamos las tardes, mirando, a través de los cristales, como el cielo se descargaba sobre nuestra ciudad.

Estado de ánimo: melancolico
Estado del tiempo: Llueve, llueve, llueve...
Visión de futuro: Pa´mi que voy a mojarme...
Grupo: Los suaves
Canción: Pardao
(por mi que llueva, yo como él seguiré con lo mío)




Pardao

Entre los charcos de la última lluvia
y una esquina no muy frecuentada
de una ciudad sucia y olvidada
llega el cantor a empezar la jornada
y de una funda hecha una ruina
saca a su amiga vieja y gastada
afina un poco sus cuerdas cansadas
mientras la gente pasa apresurada.
Y nadie sabe cómo pasa su vida
nadie se entera cómo su vida pasa.
'Pardao' le llaman en la plaza
porque aunque llueva el canta...y no se marcha.
Sin detenerse algunos lo miran
y poco a poco otros se paran
para escuchar su voz fatigada
contar historias y viejas baldas
por un momento las penas se olvidan
y ahora es calle lo que era calzada
pues 'pardao' con su vieja guitarra
pone en la vida promesas olvidadas.
Y nadie sabe cómo pasa su vida
nadie se entera cómo su vida pasa.
'Pardao' le llaman en la plaza
porque aunque llueva el canta...y no se marcha.
Corre el tiempo y vuelan prisas
y poco a poco la gente se marcha
solo 'Pardao' en su acera mojada
guarda sus cosas despacio con calma
unas monedas en su gorra raída
en su bolsa una botella mediada
y en sus noches pensiones baratas.
Y nadie sabe cómo pasa su vida
nadie se entera cómo su vida pasa.
'Pardao' le llaman en la plaza
porque aunque llueva el canta...y no se marcha.
'Pardao'
Mira qué vida lleva su patria y su hogar es una acera.
'Pardao'
Mira qué vida pasa el parque es su tierra, la calle su casa.
'Pardao'
Mira qué vida llevano tiene familia no tiene bandera.
'Pardao'
Mira qué vida pasasu luz las estrellas, su cama la plaza.

04 septiembre 2007

Muchacha en la ventana, Salvador Dalí


Me levanto del sillón, voy a la cocina, abro la nevera, la cierro, voy al cuarto, me tumbo en la cama, abrazo la almohada, me levanto, voy al comedor…
Abro la ventana y el mar me saluda, el rumor de las olas me calma, me mece en su vaivén. El salitre entra por mi nariz, inunda mis pulmones, me llena de paz.
Hace diez días que no se de ti.
Hace diez días que no vivo, que no siento, que apenas como y no dejo de beber. Mi amigo Cardhu acompaña mis horas, mi amiga maría empaña mis noches, y tú no estas.
Mi consuelo es el mar, sus mareas entran por mi ventana, mi única conexión con el exterior.
El teléfono, lleno de mensajes, de llamadas perdidas, agotó su batería hace tres días, pero no me importa, nada me importa ya.
Recuerdo nuestra última conversación, la última vez que oí tu voz, la última vez que vi tu sombra traspasar el umbral de mi vida.
Quizá discutimos, quizá dije cosas de esas que no siento pero siempre digo. Quizá tú también dijiste cosas, esas cosas que nunca dices, pero que sientes y piensas, el tipo de cosas que te van corroyendo por dentro hasta que salen todas juntas y me aniquilan.
Es posible también que hubiera un portazo, precedido de un estrellarse de cenicero en el suelo.
Lo cierto, lo realmente verdadero es que yo quedé aquí y tú marchaste.
He dejado de sentir, pero no me importa.
El vaso espera en la mesa, el hielo casi derretido…
Se que el tiempo pasa, que la noche llega a mi ventana seguida del día. Se que, de la misma forma, esto pasará y llegara otra cosa, aún no se cual, si será mejor o peor, pero dentro de mi apatía, empiezo a sentir el cambio.
Quizá solo sea que cambió a levante y el mar se ha rebelado.
De la misma forma que yo.
Cojo el vaso, lo apuro y camino hacia la cocina, a llenarlo de nuevo.

19 julio 2007

Isabella D´Este



Estamos juguetones... debe ser el calor...
Un nuevo reto, otro cuadro, esta vez de una mujer, de esas que me gustan, con poder, con inteligencia, con conocimientos, una de esas raras excepciones que salpican de rojo el triste gris.

Isabella D´Este


3 de enero de 1490

Querido diario,
Dentro de una semana se celebrara mi boda con Francisco. Aún no hace un año que celebramos la fiesta de mi cumpleaños, dieciséis primaveras y mi presentación en sociedad.
Mis maestros aseguran que estoy sobradamente preparada para el futuro que me aguarda, aunque yo no sabría decirlo. Supongo que si. Domino el griego y el latín, y no se me da nada mal el laúd. Y es cierto que desde mi presentación, los amigos de papá han requerido mi presencia cada vez más a menudo en las conversaciones de sobremesa. Pero de ahí a ser la esposa del gobernador de Mantua, no se si sabré estar a la altura.
Él estuvo también en la fiesta, bailamos juntos y pude observar como su mirada no se apartaba de mi escote, me susurraba indecencias al oído y yo notaba como el rubor subía a mis mejillas y me bajaba por la espalda, perdiéndose entre los repliegues de mi corsé.
Tengo que irme, mamá me reclama, debo decidir que vestidos y joyas meter en mi equipaje, dentro de unos días abandonare este palacio que ha sido mi casa, y a mis seres más queridos, creo que, de todos, a quien más echaré de menos es a mi hermana Beatriz.


24 de mayo de 1495

Querido diario,
La pequeña Leonora anda correteando por la habitación, desde que ha aprendido a andar no nos da un minuto de descanso, ni a su ama mi a mi, creo que estoy en estado otra vez, tengo un retraso y estoy francamente nerviosa.
Francisco hace más de dos meses que partió, dejándome con el gobierno de Mantua, y sospecho que este hijo es fruto de una cualquiera de las noches de lujuria a las que me he acostumbrado desde su partida.
El joven Antonio es uno de mis favoritos, así que es muy posible que el retoño sea suyo. Es tan frágil y suave como la más delicada de mis cortesanas. Le gusta ponerse mis enaguas y corsés. Y, a mi, me encanta verlo con mis vestidos, me encanta cuando apoya su torso en mi cama y yo le levanto las faldas y golpeo sus blancas nalgas hasta dejarlas del color de las amapolas. Arrodillado me suplica que lo penetre como a una furcia cualquiera. He mandado a un artesano la talla en cuarzo de un falo, que uso para satisfacer a mi dulce putita.
Se que es cruel por mi parte, pero desearía que la batalla en la que lucha Francisco dure mucho tiempo, no se si podré ver a Antonio cuando él este aquí, y no se si podré pasar sin sus noches de lagrimas y placer.






5 de septiembre de 1519

Querido diario,
Tengo cuarenta y cinco años, estoy viuda, tengo 8 hijos y soy la regente de Federico, mi tercer hijo.
En cuanto este cumpla la mayoría de edad tendré todo el tiempo del mundo para vivir mi vida. Aunque me gusta el poder que tengo estoy cansada. Mi rostro empieza a notar el paso del tiempo y mi piel antes lozana se me muestra ahora ajada, surcada de líneas, arrugas que me marcan como cicatrices del disfrute tenido.
Mis amantes ya no me satisfacen como antes, el tiempo se me hace notar también en mi vientre, que ya no goza como antaño.
Ahora prefiero placeres más tranquilos, más relajados.La cabeza del joven Enrique entre mis piernas, oculto en mis faldas, mientras los más maduros gozan sus cuerpos delante mio.
Nuestros placeres se han sofisticado, dulces doncellas que son desfloradas entre llantos, vergas erectas que las penetran mientras sus grupas son golpeadas por sirvientes. Jóvenes efebos con los brazos suspendidos de cadenas, obligados a engullir y limpiar, a recibir en sus cuerpos, en sus bocas, los falos inagotables.
Siento que se me escapa el tiempo, que cae entre mis dedos, siento que debo disfrutar, hacer de estos años que me quedan un monumento al placer para mi cansados ojos, monumento viviente de jóvenes que me muestren lo que un día yo fui.

06 julio 2007

Libre interpretación



Este comentario lo rescato de ¿Sumisos encubiertos?, pensaba responder en un comentario, pero me ha quedado muy largo.


“Me gusta tu elección para ilustrar el comentario.El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck.Un engendro de posibilidades interpretativas.Pero con todo, y enlanzando con tu comentario, lo que más claro me queda es que la pose de hierática magnificiencia del esposo es....eso pose.Y detrás de ella...¿Qué esconde el matrimonio Arnolfini?¿Me lo cuentas?
un saludo
Jano

Hola Jano...
¿Esto es un reto? Mira que lo de recoger el guante me encanta...

"Libre interpretación de Leo"
Dejando de lado el que posiblemente el cuadro solo sea una alegoría al matrimonio, a la fertilidad o a la imaginación del autor.

Estamos en una época en que las mujeres eran poco más que objetos con los que comprar influencias, favores, posición social, etc., pasan de la propiedad del padre a la propiedad del esposo, salvo honrosas excepciones.
El marido es un comerciante rico, eso se puede deducir de lo que se ve en el cuadro (o echándole un ojo a la wikipedia, jeje), la familia de la mujer es burguesa, quizá no muy acomodada, pero con un apellido de renombre. Se debaten entre casar a la niña con alguien se su estatus social o con alguien con fortuna. Al final se deciden por el dinero de un mercader acaudalado, de mediana edad, lo que dará estabilidad al matrimonio.
Evidentemente lo que ella opine se quedará para llenar las páginas de su diario íntimo.
Se celebra la ceremonia, en privado, sin iglesia, sin curas, sin pompa ni artificio. No es un matrimonio entre iguales. Lo único que se busca en el es el dinero del nuevo esposo, que saca a flote la economía familiar. En cuanto al esposo, se beneficia de la posición social de su esposa, lo que beneficia sus ya prósperos negocios. Y le asegura un status adecuado para sus descendientes.
El amor no tiene cabida, de todas formas él, en su vida privada, privada hasta para su esposa, tiene amantes que le calientan el lecho.
Ella esperaba más de la vida. En sus planes no estaba casarse con un hombre muchos años mayor que ella. Vulgar como solo puede serlo un mercader. Poca diferencia ve ella entre su esposo y un vendedor del mercado. No le impresiona el dinero, la vida y sus padres siempre se lo han dado todo en bandeja.
Imaginaba la ceremonia de su matrimonio en una gran iglesia, con cientos de invitados y ella como centro de todo. Imaginaba a un esposo de su edad, un joven noble con el que le uniera, si no el amor, los intereses similares a los suyos.
Empieza una nueva vida lejos de la protección de mamá, lejos de los caprichos que le daba papá. Con un marido que la ignora, que prefiere pasar las noches con mujeres de vida disipada, que no se molesta ni en disimularlo. Un marido frío que cuando viene al lecho conyugal solo le ofrece dolor y humillación.
Y empieza a vislumbrar su venganza.
En una época en que se espera que la mujer sea esposa y madre, ella decide que, puesto que no puede hacer nada para evitar ser esposa, no va a permitir que el la preñe.
Visita a una comadre que le vende unas hierbas, que, en infusión, evitaran que su vientre acoja a un nonato.
Pasa el tiempo y el marido, en vista que el vientre de su mujer no es fértil, se preocupa más de humillarla y despreciarle que de consolar las hipócritas lagrimas que ella vierte.
Se hace más exigente en la cama, le pide cosas que una mujer decente no debe hacer con la excusa de que el acto ya no es para procrear, sino para procurarle placer a él.
Ella, harta de este trato vejatorio, vuelve a visitar a la comadre, con lo que consigue, tras introducir unos polvos en el vino que él bebe, que deje de molestarla en la cama. Sin erección no hay acto.
Las tornas empiezan a cambiar.
En ausencia de erección, el orgullo masculino que él siempre ha ostentado empieza a decaer.
Ella, tímidamente al principio, empieza a gobernar la casa. Poco a poco empieza a meterse también en sus negocios, que bajo su mirada de mujer despechada sin compasión, empiezan a ser brillantes.
Con su seguridad recién adquirida, empieza a humillar también a la persona. La falta de erección le da la forma adecuada de humillarlo. La forma de hundirlo en el ostracismo en el que antes ella moraba.
De cara al exterior, él, es un brillante mercader, dueño de sus negocios y de su casa, dueño de su Señora, que le lleva la casa con una dignidad muy propia de las de su clase.
En el interior, él es un pelele en manos de una mujer que ha descubierto que, cuanto más abajo estas, cuanto más oculta, más fácil es darse el impulso para tomar las riendas.

Esta interpretación es un poco radical y extremista, pero a mi me gusta bastante más que lo que debió ocurrir en realidad.


05 junio 2007

La isla


Me despierto en mi isla. Los rayos del sol entran en oblicuo por la ventana, cayendo justo en mis ojos. Deslumbrándome. Me doy la vuelta en mi lecho dejando atrás los rayos que ahora me calientan el cogote.
Debería levantarme, buscar algo que comer. Pero no tengo ganas. Debería encender la hoguera por si pasa algún barco. Por si hay una mínima oportunidad de salir de aquí. Pero no tengo ganas.
Quizá debería quedarme aquí, dormir y no despertarme. Soñar que estoy en una isla. En un paraíso. En mi paraíso.
Vuelvo a dormirme y a soñar. Sueño que camino por la arena blanca.
Sueño que me recuesto en mi palmera y que dejo que la brisa acaricie mi cuerpo.
Sueño que en mi mente se abre la limpia ilusión de que estoy realmente aquí.
Tumbada en mi palmera veo a lo lejos la cabaña que con hojas de palmera y troncos rotos me he hecho. Mi refugio.
Te veo a ti caminando hacía mi, la blanca arena resbalando por tus pies. La sonrisa iluminándote. Los rayos de sol calentando tu cuerpo.
Los rayos de sol…
Despierto y caen de lleno en mis ojos. Los cierro, me vuelvo y me levanto.
Cierro la persiana de la ventana. Corro las cortinas. Miro el despertador. Las 8:30, hora de levantarse, preparar el desayuno e irme a trabajar.

25 mayo 2007

Raro

Saul Villa Bunker (pasillo)

Un pasillo largo, frío y desierto.

Podría ser el de cualquier hospital.

Podría ser el de cualquier casa abandonada.

Podría ser incluso el de su propia casa.

Pero no es ninguno de ellos.

Una ligera bruma ondea sobre el suelo y que ella recuerde en su casa no hay bruma.

Aunque, pensándolo bien, tampoco es que recuerde gran cosa, ni de su casa, ni del hospital, ni de ninguna otra cosa o casa.

Al final se ve luz, como saliendo de una puerta, pero no lo distingue bien.
Piensa que sería una buena idea averiguar de qué se trata.

Y empieza a andar. Solo que no anda. Después de unos pasos se da cuenta de que sigue en el mismo sitio. No ha avanzado ni un centímetro.

Rara. La cosa empieza a ser rara.

Tal vez sea un sueño. O tal vez no.

Vuelve a intentarlo, la mirada fija en la tenue luz. Parece que se acerca a ella. Pero no.

De nuevo en el mismo sitio.

Piensa que quizá deba mirar sus pies en lugar de la luz. Y lo hace. Pero no tiene pies.

Al final del camisón no hay nada. Un vacío y los azulejos del suelo.
Ahora lo entiende todo, sin pies no hay pasos.

Tal vez los pies se escondan bajo los faldones del camisón. Sería buena idea levantarlos y echar un ojo. Y lo hace.

Pero no tiene manos. Y ya que lo dices, tampoco hay brazos.
Al final de la manga un vacío.

La cosa se empieza a poner mal. Puede que ni siquiera tenga cuerpo dentro del camisón. Pero a ver como lo comprueba.

Quizá si respira fuerte pueda ver si la parte que cubre el pecho se mueve. Y lo hace.

Pero la tela no se mueve ni un milímetro.

Empieza a sentir claustrofobia. Estaría bueno que solo fuera una cabeza. O quizá ni eso. Una mente. Un pensamiento. Algo etéreo.

Y de pronto estalla una luz delante de sus ¿ojos?

Ve como aquel coche rojo se acerca a mil por hora. Puede ver como cada vez está más cerca. Más cerca. Ve y siente el impacto.

Oye a las ambulancias. Ve el techo de una de ellas. Incluso oye la voz del imbecil ese que dice que no hay nada que hacer. Hora de la muerte 15:43.